Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos. Miguel de Unamuno

22 de octubre de 2012

Algunas Sombras Grises


De: Angela Lora
Fecha: 22 de octubre de 2011, 12:45 AM
Para: quien me pueda leer.
Asunto: Algunas sombras grises
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Definitivamente, ni Iconos, de Marc Anthony,  es el disco apropiado para terminar una lectura como ésa, ni éste es el libro apropiado para emociones contradictorias como las que me agobian en este momento.
Ciertamente que toda ha sido un galimatías. ¿Por qué el libro no ha tenido en mí el mismo efecto que ha producido en el 95% de las personas que lo han leído?  ¡Eso es un montón de gente!!

Desde el principio sospeché que algo no andaba bien.  ¿Cómo es posible que aun habiendo leído los argumentos del libro desde el mismo momento en que inicia su boom literario me resista a leerlo? Yo, Una lectora furibunda.  Encubierta bajo el escudo de ¨quiero tenerlos los tres¨, ¨no puedo adquirirlos ahora¨, ¨no tengo prisa¨.  Claro que mi piel sentía que mi reacción no sería igual que lo ocurrido a las demás personas.
Recibo el libro dos y el tres juntos y con la excusa de esperar el primero, que ya me habían prometido, retraso el recorrido por las letras de este lujurioso viaje.

Entonces llega este encuentro temido y esperado a la vez.
Invento más excusas, lo que sea, mucho trabajo, la luz de la lámpara es muy tenue para leer de noche, una nueva tecnología que me entretiene, lo que sea.  Parece normal pero muy en lo profundo de mi sé que no es así.  Nuevamente no hay más excusas, es inaplazable y me enfrento a los juegos de placer y dolor aún si saber que de esa combinación se trataba la lectura.

Ya es inminente, no hay escapatoria y comienzo vagamente, tímidamente y con la certeza de que pronto acabaré con la duda de lo que realmente sucederá, no en el libro, sino conmigo.

Y para suavizar la inquietud de lo desconocido se me ocurre recostarme en mi cómodo sillón  a las 8 de la mañana de un sereno domingo y buscar en mi música algo suave, que tranquilice mis preocupaciones y me vaya transportando.  Espero que la selección me guíe apaciblemente a lo que temo sin conocer.  Elijo un disco de Guadalupe Pineda: Arias de Opera, y lo acompaño con una taza grande de café.  Comienza a sonar Mon Coeur S´Ouvre a ta voix, me tranquilizo, hasta que mi lectura despliega ante mis ojos a un apasionado de la música ecléctica como yo, que muestra de entrada un gusto por la ópera que siempre trato de ocultar.
Y las páginas se van sucediendo una tras otra, las canciones van pasando, las emociones aflorando, pero yo también frunzo el ceño ¿Porqué no estoy sintiendo el ardor que han sentido las demás? ¿Por qué siento este desasosiego? ¿Por qué en vez de ser parte de la escena e imbuirme en el personaje, como hago siempre, en su placer, lo que siento es una opresión en el pecho?
¡Lo que estoy sintiendo es su dolor, no su placer!
Esto no va bien, no es como debería ser.  Me detengo, en el trayecto de este viaje a las pasiones hormonales y emocionales de una mujer que se ha guardado para el hombre adecuado he parado para tomar agua 5 veces. La música ha sido variopinta, ecléctica de verdad, de la voz de Guadalupe he pasado a la de Charles Aznavour, tocando a Rumer, sucumbiendo ante Simone sin dejar atrás a Pancho Céspedes.  Todavía no es el momento de Tracy Chapman ni de Coldplay.

Otra vez me detengo, tengo que hacerlo, quiero hacerlo, doy gracias a que los instintos básicos de mis hijos me reclaman, hay que alimentarlos.  Una breve pausa le hará bien a las contradicciones de mi espíritu, me traerá de nuevo a la realidad, moro de guandules con coco, pescado con tocineta en salsa de hongos, nada de ensaladas para ellos y un rico aguacate para mí.

Excelente, reconfortante, no ha quedado nada, ha sido un manjar que ellos han disfrutado. He sido gratificada al verlos repetir y dejar sus platos limpios.

El retorno ha sido más calmado, en control.  Hay que crear nuevamente el ambiente: el sofá es indescriptiblemente cómodo, todo el que ha tenido la oportunidad de acurrucarse en el coincide conmigo, es agradablemente confortable y envolvente.  Me doy cuenta que en realidad tengo la esperanza de que ese confort me hipnotice y pueda dormirme. Pero no reparo en que últimamente no lo he podido lograr, por más placentero que resulte.
Continúo la lectura, ya está claro el ámbito, ella conoce los términos del contrato, yo también y me atemorizo al igual que ella, pero no es lo mismo que ella lo que me produce miedo, es esa sensación de tener algo y no tener nada, que sea sólo humo e ilusión, no sentirme a la altura, dejarme envolver por la pasión, en la lujuria que también reclama mis entrañas y que se expresan en la humedad de mi sexo, en al ardor de mi piel y que al final, en el medio o al principio, a sufrir con dolor espasmódico, no físicamente, sino emocionalmente.  Y es un contraste sentirme compatible con él en muchas cosas, el gusto por la música, por las cosas que me deleitan aunque sea consciente de no poder adquirir, por la pasión desenfrenada, ¿el dolor sensual? Esto no creo que lo podría afirmar, pero quien sabe, yo no lo sé, lo desconozco, la psiquis humana es de por sí desconocida aún, no importa cuántos estudios se hayan realizado.

Y sin embargo, ser parte de esta mujer también.  Especialmente de sus preocupaciones.
Cambio de ambiente, es el atardecer y un poco de aire fresco y vista celestial sería fenomenal. Además es la hora feliz, un aromático semiseco Calvet me espera. No será un Bollinger, un prosecco, un chablis, pero he descubierto en éste  Calvet Merlot una combinación del sabor que agrada a mi paladar tanto como a mi presupuesto.

Agradable, muy agradable y voy despacio, muy despacio, sin olvidar las cosas que debo monitorear.  El control, quien no quiere tenerlo o quien no carga con el aunque no lo quiera.  Llega la noche, pasmosa, inquisidora.

¿Por qué reviso el correo constantemente? ¿Espero mensaje de alguien? Nah! Para nada. En realidad se supone que debe timbrar si llega algo y lo único que ha sonado es la lista de canciones  seleccionadas.  Como cada domingo, queda silenciado el contacto con la humanidad, no porque lo haya querido así, sino porque se hace costumbre que no reciba ninguna alerta que llene de mariposas y sonrisas mi cuerpo.
La madurez del calendario, que próximamente me indica un escalón más, se refleja en mis ojos. Hay que encender las luces y buscar nuevamente el lugar adecuado para continuar con el fabuloso placer que me concedo invariablemente, la lectura.
Cuántas páginas faltan de esta novela: 40, 50, ¡uff!, pan comido, excepto porque no entiendo, me hace llorar, no, no puede ser, entro en pánico: No se supone que arda en deseos, anhelante, con la piel encendida ¿qué es lo que me está pasando? No lo entiendo.
Sin dejar de asumir mi propio papel de controladora, preparar cena (hacer comer a los demás también es importante para mí), tareas, bañarse, continúo en la lectura y sigo viéndome reflejada, yo y mi lengua viperina, el ¨menudo que siempre tengo para devolver¨ y cuanto me cuesta en ocasiones, morderme la lengua y controlarme.

De repente detengo la lectura y miro al techo, analizo, rebobino, caigo en cuenta el porqué el efecto erótico, desbordante y acalorado no ha surgido efecto en mi.  Yo también he sabido describir y relatar sensaciones eróticas, sensuales, profundas y aunque haya sido solamente una práctica literaria muy cerrado e íntima, entrar en detalles y releerlo ha sido un ejercicio que anteriormente he podido manosear, por supuesto, descartando el cuarto rojo del dolor.

Describir las sensaciones, detallando de manera minuciosa cómo se siente el éxtasis, es una labor que en pocas o muchas palabras he podido realizar.  Entonces, de la lectura me queda la duda, la ausencia, la desolación, el temor.

Apuro mi copa, paso inevitablemente a los boleros antiguos, parte inexorable del gusto selecto que me envuelve. 
Apuro mi copa, nuevamente, las penas ahogadas se asfixian mejor en unos grados de alcohol.

Afuera todo queda en calma, no así en mi interior y enfrentar la realidad siempre es cruel, se anticipa como una tortura más dolorosa que unos latigazos, unos azotes o un libro que concluye, no menos que el vacio de un espacio frio y desalentador en la cama.  Lo recuerdo, siempre me gustó esa canción, aún en momentos en que no era esa la situación, no sabía por qué, quizás anticipando un estado que vendría más adelante, Víctor Manuel repetía por mí: ¨hay amor, sin ti, mi cama es ancha¨ .  Pero no es esa la canción que suena, nuevamente Guadalupe, la versión en español de la canción inicial: Mi corazón se abre a tu voz, exquisita.
Termino esta primera parte de la trilogía y mi corazón se vierte, no de placer sino de dolor.  No entiendo, no me entiendo, me derramo como lluvia inminente. Es enigma para mí.

Es cierto que el libro termina con dolor, pero yo lo  he sentido en todo el transitar de este recorrido.  Se acaba el elixir etílico también. Todo termina.
Tomo lápiz y transmito al papel este torbellino de pasión, es un momento intermedio en el ojo del huracán.

Es un instante mágico.
La magia, la maravillosa magia de las sensaciones del alma, de los elementos que se funden para hacerla aflorar y de la poderosa agilidad del lápiz para expresarla y tranquilizarla.
Como varita mágica toco mi pecho con el lápiz, toco el papel y me digo a mi misma: travesura completada, puedo descansar.


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